Por Juan Torres López y Alberto Garzón Espinosa
El número dos del Partido Popular por
Madrid no es nuevo en política, como se quiere hacer creer. Es uno de los
grandes empresarios, que llegó a donde llegó gracias a sus amistades y su
cercanía al poder. Y su querencia por la lucha política se comprobó claramente
cuando hizo frente a diversas ofertas de adquisiciones de acciones de su empresa
en los últimos tiempos. Pero, como a tantos grandes empresarios que andan
siempre enredando y tratando de influir en las decisiones políticas, le gusta
decir que, hasta ahora, no estaba en política.
Como expresión de su ideología de
derechas y liberal-intervencionista acaba de proponer una vez más como primera
expresión de su ideario político que debe disminuirse la presión fiscal porque
según él "donde mejor está el dinero es en el bolsillo de la gente".
A bote pronto, cabría decirle que, en
todo caso, el dinero que está bien en el bolsillo de la gente es el que puede
permanecer en él. Porque debería saber que casi el 60% de las familias españolas
tiene ingresos que no le permiten llegar a final de mes. Luego, no cabe pensar
que su dinero permanezca mucho tiempo en sus bolsillos, ni para bien, ni para
mal.
Pero lo que más en serio reflejan estas
declaraciones del político de la derecha es una idea perversa y falsa, que les
interesa mantener y difundir para lograr que el dinero fluya sin dificultades a
... ¡sus propios bolsillos! y no a los de la gente en general.
En opinión de Manuel Pizarro el dinero
que se mantiene en manos del Estado se dilapida y, para no tener que
devolvérselo a los ciudadanos -en alusión a la medida propuesta por los
socialistas-, lo mejor que se puede es no habérselo quitado con anterioridad a
través de los impuestos.
Lo primero que conscientemente oculta una
persona tan bien informada como Pizarro es que quien dilapida en realidad el
dinero no es el Estado, en general o en abstracto, sino quienes en un momento dado
lo controlan y, sobre todo, los procesos de acumulación basados en una
contribución constante del estado al beneficio privado.
Un ejemplo palmario lo hemos vivido en
los últimos años, cuando el estado ha tenido que venir en ayuda de varios bancos
(Banca Catalana, Rumasa, Banesto, Banco de Santander...) que habían incurrido en
pérdidas o fallos gravísimos o
simplemente dolosos de gestión, y que tuvieron que ser tapados con dinero
público. O cuando prácticamente todo el sistema financiero español sin excepción
especuló contra la peseta en la última crisis del sistema monetario europeo. O
cuando ahora son los bancos centrales los que dedican cientos de millones de
euros y dólares a salvarles la cara a los bancos por sus operaciones temerarias
con el dinero de la gente (algo, por cierto, que no parece llamarle la atención
a Pizarro). O cuando sociedades de inversión como Gescartera se llevaron
millones de euros de los inversionistas (no se sabe bien si con su propia
complicidad).
Por no hablar del dinero que le cuesta a
los estados la existencia de paraísos fiscales, las leyes que facilitan la
relocalización de las empresas sólo para que ganen cada vez más dinero, la
evasión fiscal de las grandes empresas, su ingeniería
financiera...
Pizarro, y tantos como él, podrá
decir lo que quiera, pero lo que de verdad cuesta dinero al estado y representa
una bruta dilapidación no es la imposición ni el gasto social que quieren
reducir al mínimo, sino el hecho hoy día innegable de que el capitalismo se haya
hecho corrupto y que los capitalistas estén cada vez menos dispuestos a
contribuir con su riqueza al bienestar colectivo.
Es verdad que hay políticos corruptos que aprovechan la opacidad del sistema y
desvían los legítimos recursos del Estado hacia actividades y beneficios
privados. Es verdad que en España, como en tantos otros países, hay
administraciones públicas esquilmadas, mientras que muchos de sus responsables
son millonarios a base de concursos públicos adjudicados a empresarios amigos o
de decisiones políticas que se toman solo para satisfacer a las elites
empresarial y política. Pero eso, en realidad, es pecata
minuta. El robo grande
está en otro sitio: en el comportamiento de las grandes corporaciones y de los
bancos, verdaderas sanguijuelas del dinero de los ciudadanos.
Lo que no dice Pizarro es que él mismo,
un ex-presidente de una multinacional ya de por sí involucrada en corrupción, en
maniobras políticas de todo tipo, en prácticas oligopólicas de dominio del
mercado, en atentados medioambientales... es la expresión simple y paradigmática
de la corrupción y la dilapidación de recursos que tanto
critica.
Lo que debería explicar el candidato
Pizarro es si él es partidario de mantener las estrategias que prácticamente
garantizan el fraude fiscal generalizado entre las clases altas. Si le parece
correcto que España esté condenada a ir en la cola de Europa en cuanto a gasto
social. Si cree que los que menos ingreso tienen deben estar condenados a no
gozar de los bienes que le resultan inalcanzables cuando los proporciona el
mercado (educación, salud, infraestructuras, ayudas a la
dependencia...).
El fraude fiscal, precariamente perseguido por las
instituciones y al que recurren, delictivamente, los más ricos para conservar su
patrimonio, y sobre lo que no dice nada Pizarro, es la dilapidación del estado. O
el tipo único que propone y que afecta mortalmente a la concepción progresiva
del sistema fiscal.
Y lo que no dice tampoco Pizarro es que,
en realidad, lo que propone cuando dice que el dinero debe estar en el bolsillo
de la gente es que el estado no tenga dinero para financiar hospitales,
escuelas, universidades... y que entonces sean los capitales los que las
construyan para hacer negocio con ello, aunque eso signifique que sólo los
podrán disfrutar los que tienen dinero para adquirirlos a elevados precios de
mercado.
Lo que busca Pizarro y su partido, sin
tener la valentía de decirlo públicamente, es abrir la puerta a la privatización
de los servicios públicos.
Siguiendo su lógica, y si se aplicaran sus
propuestas, la mayoría de los ciudadanos se encontrarían con más dinero en sus
bolsillos, pero con una cantidad en cualquier caso insuficiente para
poder hacer frente a mayores gastos a la hora de acceder a los servicios ahora
públicos pero luego privados.
Si ya están aumentando increíblemente las
desigualdades en España, ¿cuánto no crecerían con las medidas que propone
Pizarro y su partido?
Se presentan
como portadores de propuestas "modernas" pero en realidad lo que buscan es
encerrarnos de nuevo en la caverna para disfrutar ellos solos de
todo.
No les hagamos
caso. No nos conviene.
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